♫Music♫

Bienvenido, pesimista!

Espero que salgas de aquí satisfech@ al leer las desventuras de Jackeline, la desgraciada protagonista de este blog.

Hasta Dentro de Muchas Canciones, Krh.

Décimo día: Lo que ocurrió después.

Me levanté a las siete de la mañana del domingo. No había podido conciliar el sueño en toda la noche. Había probado a leer, pero los libros no habían conseguido distraerme de la fría, dolorosa y afilada realidad. La música solo me había sacado más lágrimas de las que creía que podría almacenar en mi cuerpo. Escribir..., no. Nada mitigaba, ni si quiera un poco, el dolor que sentía. En mi mente solo habían barcos vikingos que giraban y giraban. Vestidos rosas, melenas rubias, Sam besando a otra persona, etc. Podría haber llamado a mi hermano, molestarlo. Pero no tenía ganas, y eso es mucho decir.

Fui a la cocina, pero no tenía hambre. Inconscientemente acabé haciendo crepes con chocolate. No recuerdo habérmelos comido, pero cando acabé, la realidad me golpeó con la solidez de un muro de piedra. Tan fuerte que no aguanté más y fui a vomitar al baño. Vomité hasta que quedé completamente vacía por dentro. Me miré al espejo y me di cuenta de lo mal que estaba: ojerosa, con los ojos enrojecidos, el pelo sucio, pálida, vacía. Me aclaré una vez. Dos veces. Tres. Me aclaré hasta que el agua dejó de saber dulzona.

Las ocho.

No quería enfrentarme a la realidad, así que decidí aislarme por completo en una manta de indiferencia, como si lo que había pasado solo hubiese sido una película o algo que hubiese pasado en las novelas que veía mi madre...

Ring, ring. Ring, ring. Ring, ring.

-¿Hola?

+Hola, nena -dijo la cansada voz de mamá-. ¿Qué haces despierta tan temprano?

-No podía dormir. ¿Qué tal estás?

+Bien, a punto de salir del hotel para coger el autobús que me llevará al aeropuerto. Quería dejarte una perdida para que me llamases después pero la jugada me ha salido mejor de lo que esperaba -su risa sonó tan limpia que me hizo olvidar todo lo demás por unos momentos.

-¿Necesitas que haga algo en casa? ¿Que compre comida?

+Eso lo necesitáis vosotros que vais a estar unos días sin mí. Solo quería despedirme de vosotros antes de irme-. Tras unos instantes de silencio, añadió-: ¿Qué quieres que te traiga de recuerdo? Al fin y al cabo no pienso tirarme una semana entera escuchando discursos durante horas y horas. Algo de turismo podré hacer.

Intenté pensar con detenimiento. No lo conseguí.

-La verdad es que no lo sé, mamá. Acabo de levantarme y no estoy para pensar mucho. Pero si se me ocurre algo, te mandaré un mensaje.

+Ajá, ¿y qué más? -dijo, previendo lo que pasaba por mi mente.

-Sí, sí. También le preguntaré a Mickel si quiere que le traigas algo -respondí, sin tratar de ocultar mi fastidio. Mamá se rió otra vez de aquella forma tan maravillosa.

+Cariño, lo siento mucho pero el bus sale dentro de poco. Cuado llegue al aeropuerto volveré a llamar. Si tu hermano sigue durmiendo, despiértalo. Me gustaría despedirme de los dos.

-Vale. Ten buen viaje de ida. Te quiero.

+Chao, nena. Te quiero.

De repente, el silencio lo inundó todo, dejando la realidad fría y vacía. Me había olvidado por completo de casi todo lo que ocurría en mi vida. Cuando volví a ser consciente de todo, me mareé y corrí al aseo. Mickel apareció por las escaleras con mala cara. Llamó a la puerta del aseo y dijo:

-Deja de hacer ruido, jolines -(No dijo jolines)-. Son las ocho y media y es domingo. Si vas a estar molestando mejor que te vayas a dar una vuelta con Sam o algo así, pero a mí... Oye, ¿te encuentras bien? -dijo, abriendo la puerta y acercándose. Al ver lo que ocurría se asqueó y se tapó la nariz-. Voy a por la medicina contra el vómito, ahora vuelvo.

* * *


Desperté en mi cama, tapada y con una sensación de bienestar en el cuerpo, aunque me sentía terriblemente abatida. Comencé a escuchar una voz en las escaleras y Mickel entró, hablando alegremente por el móvil.

-Sí, ya se ha despertado. Es mamá- añadió en un susurro y alejando el móvil de su boca-. Espera, mamá. Voy a poner el altavoz para que te escuchemos los dos a la vez.

+¿Ya se me oye? 

-Si -contestó Mickel.

+Jackie, ¿estás mejor? Tu hermano dice que te encontró vomitando en el aseo y que mientras te llevaba a la cocina para darte la pastilla te desmayaste.

Miré a Mickel, como si lo viese por primera vez. Nunca antes se había preocupado tanto por mí hasta aquel momento. Sentí ganas de llorar de felicidad.

-La verdad es que no me acuerdo muy bien de todo.

-Mientras no se levante de la cama y haga grandes esfuerzos sanará rápidamente. Estoy seguro -confirmó mi hermano mayor. Me fijé en el delantal que llevaba y comencé a olisquear el aire, detectando un delicioso olor, aunque no supe identificar de qué se trataba.

+Así me gusta, Mickel. Que cuides de tu hermana menor como el hombre de la casa. Te traeré eso que has pedido si no recibo alguna llamada de Jackie quejándose de ti -se rió mamá.

-Tranquila, la dejaré en cama toda la semana. No permitiré que escape de su cuarto -dijo, con una malévola sonrisa en la cara. Pero me guiñó un ojo en señal de complicidad y volvió a su sonrisa normal. Mickel estaba actuando de una manera totalmente diferente a lo normal: serio, frío, borde y, a veces, hiriente. 

"Espero que le dure mucho tiempo", me dije, "este Mickel me gusta más que el otro".

+No seas muy malo con ella, Mickel. Solo tienes una hermana -dijo mamá, con una sonrisa en la voz-. He de despedirme ya, mis niños. El avión sale en breve. Os he dejado la nevera suficientemente llena para que sobreviváis toda la semana, pero por si acaso, tenéis dinero en el tarrito rojo que hay en mi cómoda. No me atraquéis mucho -. Volvió a sonreír-. Os quiero, niños. No queméis la casa en mi ausencia.

-Adiós, mamá. 

-Buen viaje.

Hubo un breve silencio y la cara de mi hermano se ensombreció de repente. Me miró e intuí que ya volvía a ser el mismo Mickel de siempre.

-Ahora, cuando comamos, me vas a explicar qué diablos te ocurre. Anoche volviste más empanada y más fea de lo habitual -dijo, serio. Me miró unos breves momentos antes de salir y dirigirse hacia la cocina. Su reacción me había tomado totalmente por sorpresa.

Las dos de la tarde.

                          * * *

Nos sentamos en el sofá y Mickel me miró como un gato que mira a otro inferior, esperando sumisión. Me pregunté si debía fiarme de él.

-Anoche, en la feria, me monté en el barco vikingo y después Kath y yo nos inflamos a algodón dulce y a mazorcas de maíz -dije, tratando de evadir cualquier hecho relacionado con Sam.

-Eso explica la vomitona, pero no el que vinieses con cara de perro apaleado. Vamos, Jackie -dijo, acercándose y en tono conciliador-. Se que no soy santo de tu devoción y que desde que murió papá nuestra relación no ha ido muy bien, pero he de confesar que el verte así de mal me ha tocado la fibra sensible. Si alguien te ha hecho algo, puedes contármelo. No tengas miedo.

Había tratado de mantener la calma y mis emociones a raya, pero aquella revelación y la forma en la que mi hermano había dicho todo aquello denotaba que estaba siendo totalmente sincero. Me puse a llorar, en parte por Sam y en parte por lo que Mickel acababa de decir.

-Oh, Jackie-. Me abrazó-. Venga. Desahógate conmigo. Llora todo lo que necesites. Yo te ayudaré a resolver tus problemas, ¿vale? -dijo, separándose de mí y con una sonrisa en la cara.

Empecé a contarle desde que Kath me había advertido sobre la misteriosa chica de los  ojos verdes. Relaté cómo Sam me había mandado un mensaje a última hora, excusándose  de que no podía faltar a un asunto importante que le había surgido. Le describí cómo Katherine había reaccionado ante mi mención de la chica de los ojos verdes, del encuentro con Lisbeth con su despampanante vestido rosa y de su reacción de sorpresa al vernos allí. No pude evitar llorar al contarle cómo había creído ver a Sam besando a Lisbeth y de cuando había confirmado mis sospechas al escuchar su voz al lado de la de Sam. Mickel me escuchaba, mudando su expresión a medida que iba atando cabos.

-Ese maldito mal nacido... -dijo, con una cara de odio que yo no le había visto nunca-. ¿Cómo se atreve a hacerte eso? ¿Acaso no eres suficiente para él? ¿No ve que eres la mejor novia que nunca podrá tener? Ese hijo de **** se va a llevar su merecido.

Me asusté. Mi hermano había gritado las últimas palabras. De repente, pareció darse cuenta de lo que había hecho y se sonrojó. Otra faceta que yo no había visto jamás. 

-Por favor, Jackie. No me tomes en serio -dijo, tratando de calmar el ambiente-. Sólo es que me enfada muchísimo que te haya podido hacer eso. 

Miré al suelo, desalentada. Mickel me abrazó y me dijo:

-Tranquila, lograremos salir de esta airosos. Yo te protegeré de él.


                          * *         *

Al día siguiente me desperté bien del todo. Ya no sentía mareos ni me dolía el estómago. Salí con cuidado de la cama y fui a la cocina, con un hambre digna de un león. Para mi sorpresa, Mickel estaba haciendo el desayuno. Tenía mirada de concentración, por lo  que decidí esperar a que se diese cuenta de mi presencia. Al fin se giró, se sorprendió de verme allí y me sonrió.

-¿Qué tal te encuentras?

-Tengo hambre. Mucha- puntualicé, sin tratar de ocultar las ganas de comer que sentía. Mi estómago rugió, dando más validez a mis palabras. Mickel se rió.

-Está bien, no te impacientes. El desayuno estará en unos minutos. 

-Oye, Mickel.

-¿Hm?

-Nunca te lo he preguntado porque pensaba que eras un ser frío y sin sentimientos.

-Ajá -dijo, removiendo el contenido de una olla pequeña con una cuchara. Si se sintió ofendido por ese comentario no lo dejó entrever. 

-¿Tienes novia? -esperé que saltase sobre mí, furioso por preguntarle sobre su vida privada a pesar de haberle desvelado grandes hechos de la mía el día anterior.

-No estoy interesado en nadie, por ahora -respondió, sin dejar de remover.

-¿Seguro? -dije, con sorna en la voz. Mickel sonrió y me miró de soslayo.

-Seguro, hermanita. Y tranquila -añadió a ver que yo iba a seguir hablando-, si encuentro alguna que me interese, lo hablaré contigo antes.

Desayunamos tranquilamente, hablando como si todas las barreras que desde hacía tiempo habían entre nosotros nunca hubiesen estado ahí. Compartimos anécdotas graciosas y nos lanzamos pullas sin importancia. Al fin y al cabo, éramos hermanos. 

Al terminar de desayunar, Mickel dijo que me tenía una sorpresa preparada. 

-Es una sorpresa tan grande que te olvidarás de cualquier problema que hayas tenido nunca -dijo, con los ojos brillantes.

-Pues ya puede ser buena, hermano. He tenido problemas muy feos durante mi corta vida... ¿Y dónde está la sorpresa? -pregunté, contagiada de la felicidad de Mickel.

-Aquí no, por supuesto. Una sorpresa tan grande no cabe en nuestra casa. Antes de nada, aséate como es debido. Has estado enferma y una ducha no viene mal a nadie de vez en cuando -añadió, mirando de forma significativa mi pelo que llevaba graso y apelmazado-. Después, vístete con tus mejores galas y ni se te ocurra llevar nada.

-¿Y cómo esperas que lleve las llaves, el monedero, horquillas por si...

-Nada de nada. Cualquier objeto de mano está terminantemente prohibido. Mochilas incluidas -añadió, como si esperase que le fuese a replicar. Sonrió y se internó en su cuarto.

Salí de mi cuarto ataviada con un vestido y mis inseparables converse. Llevaba el pelo ondulado e incluso me había molestado en semi-maquillarme. Mickel estaba en la puerta, muy bien vestido. Se giró a verme y sonrió.

-¿Crees que me he pasado?

-Estás espectacular, Jackie.

Sonreí con la satisfacción de quien sabe que su vida solo puede ir hacia arriba. Mickel me rodeó el hombro y me besó en la frente con cariño. 

-Jackie, espero verte siempre con esa misma sonrisa en la cara. 

-Pues entonces deberías darme sorpresas más a menudo. 

-No te acostumbres mucho, ¿eh? Si hago esto es solo porque mamá nos ha dejado el bote rojo lleno. Y ahora -añadió con cara de interesante-, vámonos. Hay mucho día por delante.


Con cariño, Jackeline.

PD: Aunque podría ser peor, ¿no?

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